Archivo diario: 01/04/2008

La unión de cambio climático y caza provocó la extinción de los mamuts

FUENTE: abc.es

Eran auténticos hijos del frío, perfectamente adaptados a las duras condiciones de las heladas y resecas estepas del norte de nuestro planeta. Durante trescientos mil años, y sin interrupción, ocuparon amplias zonas de Eurasia y Norteamérica. Atravesaron, es cierto, por situaciones difíciles, pero siempre se las arreglaron para sobrevivir. Su declive definitivo comenzó hace 21.000 años, tras el último máximo glaciar. Desde entonces, y debido al progresivo calentamiento del planeta, su número fue disminuyendo hasta que, hace menos de cuatro mil años, los mamuts desaparecieron para siempre.
La opinión más extendida, a la vista de las evidencias desenterradas durante casi dos siglos por los paleontólogos, ha apuntado sin contemplaciones a un único responsable, el hombre, que tras varios milenios de cacería intensiva terminó por extinguir al mamut lanudo de la faz de la Tierra.
Y, sin embargo, las cosas pudieron no ser exactamente así. Durante décadas, otra idea se ha abierto paso con fuerza entre los científicos para explicar la relativamente rápida desaparición de aquellos gigantes melenudos. Una idea que señala al mismo «culpable» que hoy día amenaza de muerte a un gran número de especies en todo el mundo. Se trata, otra vez, del cambio climático.
Reducción de hábitats
Según esta teoría, el calentamiento del globo después del último periodo glaciar habría reducido considerablemente, hasta casi hacerlos desaparecer, los hábitats más propicios para la existencia de los mamuts. El hombre, sencillamente, al tener acceso, gracias al mejor clima, a territorios que antes le estaban vedados, habría contribuido a la «fase final» de la desaparición de unos mamuts ya condenados de antemano. En un símil taurino, nuestra especie se habría limitado a darles «la puntilla».
Sin embargo, nadie hasta ahora había sido capaz de «repartir» la responsabilidad de la desaparición de esta emblemática especie en sus justos términos. Nadie había aportado datos suficientes sobre la importancia relativa que tuvieron, el clima por un lado y los cazadores por otro, en este singular proceso de extinción.
Un equipo de científicos españoles, capitaneados por el investigador del CSIC David Nogués Bravo y con financiación del BBVA, publica hoy en la revista «PLOS Biology», un estudio en el que por primera vez se arroja luz sobre la cuestión. «Hace apenas cinco años -explica para ABC el propio David Nogués- se empezó a considerar la posibilidad de un efecto combinado de ambos factores. En esa línea, hemos logrado elaborar un modelo que relaciona cómo era el clima en el pasado con la distribución de huesos que se han hallado de mamut. Es decir, encontramos el «nicho climático» en que vivió el mamut en diferentes momentos de su historia».
Modelos climáticos
Los científicos realizaron detallados modelos climáticos de hace 126.000, 42.000, 30.000, 21.000 y 6.000 años respectivamente. Y relacionaron después esos modelos con la distribución conocida de sus restos. «Los mamuts vivían en estepas muy frías y secas -explica David Nogués-, que hoy sólo existen ya en el norte de Siberia y Mongolia. Calculamos el área potencial que tenía el mamut para vivir en cada momento. Y después estimamos la densidad de sus poblaciones y su relación con los humanos».
Los científicos vieron que, hace 126.000 años, con un clima incluso más cálido (y por lo tanto menos favorable) del de hace 6.000, los mamuts lograron sobrevivir. «Pero es que entonces no había humanos en el norte de Europa». Nogués y su equipo han establecido que hace 6.000 años, y con unos hábitats reducidos al máximo, habría bastado con que cada humano cazara un solo mamut entre cada 3 y 200 años (según las estimaciones) para hacerlos desaparecer por completo.

Una querella contra el fin del mundo

FUENTE: abc.es

Para el norteamericano Walter L. Wagner y el español Luis Sancho, el fin del mundo está mucho más cerca de lo que nadie pueda pensar. De hecho, el día del juicio final podría coincidir, si alguien no lo impide, con la puesta en marcha (prevista para este verano) del LHC, el mayor acelerador colisionador de partículas jamás construido por el hombre.
Cuando la colosal máquina entre en funcionamiento en el CERN, el laboratorio de física europeo, cuyo anillo acelerador de 27 km. es el mayor del planeta, los científicos pondrán en juego fuerzas de una magnitud desconocida en el Universo desde su creación, hace 13.700 millones de años, en el explosivo instante que la Ciencia (y la opinión pública) conoce como «Big Bang».
Por eso, Wagner y Sancho han decidido poner una querella que impida, o que por lo menos retrase hasta que se disipen las dudas sobre su seguridad, la conexión de la gigantesca máquina. La demanda fue interpuesta el pasado 21 de marzo ante un tribunal de Honolulu, en Hawaii, donde Walter L. Wagner reside. Y afecta, además de al citado laboratorio europeo, también al Departamento de Energía de los Estados Unidos, al laboratorio de física norteamericano Fermilab y a la Fundación Nacional de Ciencias de EE. UU., estos últimos por facilitar en distinta medida los preparativos finales y la puesta a punto del LHC en un momento en que la seguridad del acelerador no estaba aún garantizada. La primera comparecencia de las partes implicadas está prevista para el próximo 16 de junio.
«Juicio popular»
Y aunque nadie piensa en serio que esta acción judicial sea capaz de retrasar un proyecto internacional de gran envergadura y en el que Europa lleva trabajando casi dos décadas, sí es cierto que servirá para suscitar un auténtico «juicio popular» alrededor de una instalación científica y una tecnología que también cuenta con enemigos y detractores.
Wagner, que estudió física e investigó sobre rayos cósmicos en la Universidad de California en Berkeley, y Sancho, que se define a sí mismo como un «investigador de la teoría del tiempo», recogen en efecto las dudas y temores ya expresadas por algunos científicos. Entre ellas, la posibilidad de que, al conectarse, el LHC sea capaz de generar uno o múltiples agujeros negros microscópicos, alguno de los cuales, en lugar de evaporarse, como predice la teoría formulada por Stephen Hawking, alcance una estabilidad que le permita crecer hasta «tragarse» al planeta entero. O la posibilidad de que se generen monopolos magnéticos, unas partículas «exóticas» que tendrían la capacidad de dejar «fuera de servicio» a los núcleos atómicos ordinarios. O que los quarks generados en los experimentos se unan entre sí de forma diferente a la habitual, contagiando a todos los átomos de la Tierra y convirtiéndola en un amasijo informe de materia extraña…