Arqueas: tercer dominio de la vida
FUENTE: elpais.com
“Por supuesto que son bacterias”, cuenta el microbiólogo Ralph Wolfe que le contestó a su colega Carl Woese cuando éste le comunicó que los microorganismos generadores de metano que habían incluido en sus estudios genéticos tenían que ser diferentes de las bacterias y de todos los demás seres vivos conocidos. Era entonces el año 1977 y este equipo de investigadores de la Universidad de Illinois en Urbana-Champaign (EE UU) acababa de descubrir las arqueas, un increíble hallazgo que cambiaría por completo la clasificación de la vida. Ahora, 30 años después, la Universidad de Illinois ha celebrado recientemente un acto conmemorativo en el Museo Spurlock para recordar aquella investigación y plantear cómo los análisis genéticos continúan revolucionando la biología y, en particular, la ecología microbiana.
La primera reacción de Wolfe estaba justificada, pues, a través del microscopio, aquellos microbios metanogénicos que sólo crecían en ambientes sin oxígeno tenían el mismo tamaño y la misma apariencia celular que cualquier bacteria. Desde el punto de vista del estudio morfológico tradicional, eran iguales. Y por ello se los situaba dentro del superreino de las bacterias, uno de los dos en los que se clasificaba entonces toda la vida del planeta, junto al de los eucariotas (formado a su vez por los animales, las plantas, los hongos, las algas…). Sin embargo, los novedosos análisis genéticos llevados a cabo por el equipo de Woese obligaban de pronto a redibujar este árbol de la vida y a añadir una tercera gran rama.
En sí, los estudios del equipo de Woese, integrado por George Fox, William Balch y Linda Magrum, aparte de Wolfe, se centraban en comparar distintos organismos a partir de ARN ribosómico (ARN-r), una molécula presente en todos los seres vivos, además de una especie de firma genética que distingue a cada grupo biológico. Fue al analizar las series de nucleótidos del ARN-r de los metanogénicos cuando descubrieron que no se correspondían con ningún otro ser vivo.
Wolfe tuvo que comprobar él mismo las secuencias para admitirlo: “Me convertí en un creyente”, comentaría luego. La revista científica Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) publicó el hallazgo en octubre de 1977 y un mes después sacó un segundo artículo en el que los investigadores de la Universidad de Illinois proponían ya una nueva clasificación de la vida con tres superreinos o dominios: eucariotas, eubacterias y arqueobacterias. Unas denominaciones que más tarde se modificarían por eucariotas, bacterias y arqueas.
“Se produjo un asombro generalizado y un sentimiento de que algo grande había sido descubierto”, recuerda Woese, que a sus 79 años continúa trabajando en el Institute for Genomic Biology de la Universidad de Illinois. Sin embargo, no todos los científicos estaban dispuestos a aceptar este cambio y algunos lo consideraron una hipótesis fantástica basada en datos poco fiables. Tuvieron que pasar años para que se acabara imponiendo el tercer dominio de la vida. Con todo, en 2003, Woese recibió el Premio Crafoord, un galardón otorgado por la Real Academia Sueca de Ciencias a los científicos con campos de estudio que no entran en ninguna de las categorías de los Nobel.
“Ha sido una revolución copernicana en la forma de establecer las relaciones de parentesco entre los seres vivos”, asegura José Luis Sanz, profesor titular de Microbiología de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM), que explica que los investigadores estadounidenses eligieron el nombre arquea, o archaea, que significa arcaico o antiguo, porque aquellos microorganismos que estudiaban crecían en ausencia de oxígeno y producían metano, lo que recordaba a una atmósfera primitiva de los orígenes de la vida. “Fue casualidad, pero Woese acertó”, detalla el microbiólogo español, “pues aunque por técnicas moleculares se ha detectado la presencia de muchas arqueas que no viven en estos ambientes extremos, lo cierto es que de los tres dominios éste probablemente sea el más antiguo”.
Hace 30 años, eran poco más de media docena las especies conocidas que podían integrar el superreino recién descubierto por los investigadores de la Universidad de Illinois. Hoy, como detalla el profesor de la Autónoma de Madrid, se han descrito unas 250 arqueas, si bien se supone que deben de ser millares. Como ocurre con las bacterias, de las que también se han descrito tan sólo unas 7.000 especies, resulta muy difícil aislar e identificar de forma precisa estos seres vivos que se cree son justamente los más numerosos. Y esto obliga a los científicos a trabajar con complicadas secuencias genéticas con las que poder comparar las arqueas entre sí. “Las técnicas de ecología molecular permiten tener una idea de la composición microbiana de un ecosistema, pero no caracterizar cada metabolismo concreto”, destaca Sanz, quien cree que todo esto obligará a volver a la microbiología tradicional.
Por otro lado, aunque se tiene la certeza de que existen arqueas en hábitats considerados normales por el ser humano, se da la paradoja de que todas las descritas proceden de los más extremos: por encima de los 80 grados centígrados de temperatura, ambientes sin oxígeno, aguas hipersalinas o ácidas… Asimismo, no dejan de quedar algunos interrogantes muy interesantes por resolver: “¿Cómo es posible que se puedan encontrar individuos del género Sulfolobus, una arquea que vive a 80 grados y con un pH de 2.5, en géiseres de EE UU, Islandia, Japón o Italia que no tienen ninguna conexión entre sí?”, se pregunta el microbiólogo español.
Quinta y última cita en el espacio con el Hubble
FUENTE: abc.es
A través de sus ojos hemos visto galaxias nacientes hace más de 13.000 millones de años, en la lejana infancia del Universo; las ciclópeas columnas de polvo y gas en que nacen las estrellas; la espectacular colisión del cometa Shoemaker-Levy 9 con Júpiter en 1994… Gracias a él sabemos que realmente existen la materia oscura y los agujeros negros; que Europa, la luna helada del mayor planeta de nuestro Sistema Solar, tiene oxígeno en su tenue atmósfera; que cientos de millones de cometas orbitan en torno al Sol…
El HST (Hubble Space Telescope) es la herramienta más rentable con que jamás ha contado la Astrofísica. No en vano está situado a 593 kilómetros sobre el nivel del mar, que es la altitud media de su órbita en las capas exteriores de la atmósfera; con ello evita el «ruido» originado por las turbulencias atmosféricas, que tanto interfieren la labor de los telescopios instalados en tierra.
Desde que entró en servicio ha proporcionado casi 550.000 fotografías, almacenadas en más de 1.500 discos ópticos de 7 GB, lo que supone un total de información guardada por encima de los 9 terabites. Ha propiciado más de 4.900 artículos científicos; visualizado más de un millón de objetos celestes; situado 6.200 estrellas; referenciado 10.000 galaxias…
Desaliento de los astrofísicos
Con estas cartas credenciales no es extraño que cuando el director de la Agencia Espacial, Sean O´Keefe, anunció hace cuatro años que el Hubble sería abandonado a su suerte, que tras la tragedia del Columbia, el 1 de febrero de 2003, no merecía la pena seguir manteniendo al HST, cundiese el desaliento entre la comunidad científica que estudia del Universo. Y que al personal del Centro Goddard de Vuelos Espaciales, que centraliza en Maryland los trabajos del Hubble, se le escapasen las lágrimas.
El relevo de O´Keefe, Michael Griffin, escuchó los clamores y dio marcha atrás el 31 de octubre de 2006. El telescopio Hubble, algunos de cuyos ingenios presentaban un funcionamiento deficiente, o había dejado de operar fruto del tiempo y del desgaste en órbita, serían reemplazados. Se reanudaba el programa. En el aire quedaban la fecha de la nueva misión y los detalles.
Desde entonces se ha especulado con que los astronautas «fontaneros» visitarían el HST el 11 de septiembre de 2008, una fecha (11-S) con resonancias patrióticas sin duda. Si sería una única misión, si serían dos… Preston Burch, director del proyecto Hubble, acaba de disipar las dudas al anunciar en el Centro Goddard que «la última misión destinada a actualizar el HST y prolongar su vida útil se realizará en agosto de 2008». La quinta y última cita, no habrá más… y adiós, Hubble.
La fecha exacta será determinada en la próxima primavera. O, por mejor decir, la «ventana» abierta para el lanzamiento del transbordador Atlantis rumbo al telescopio, ventana que comprenderá un periodo de diez o doce días, con horarios fijados hasta la décima de segundo… No es cualquier cosa preparar una cita a 600 kilómetros sobre nuestras cabezas. La precisión ha de ser milimétrica. Por si acaso, el transbordador Endeavour tiene prevista una misión rumbo a la Estación Espacial Internacional el septiembre de 2008. Nunca se sabe si deberá servir de apoyo a algún astronauta en apuros.
La misión durará un mínimo de once días, en los que el Hubble será rejuvenecido con una nueva Cámara Planetaria de Campo Profundo que sustituya a su cámara principal, averiada desde enero por un fallo eléctrico; con un espectrógrafo ultravioleta tan sensible que captará las primeras luces del Universo, y con cámaras auxiliares sensibles al espectro visible y a los infrarrojos.
Revisión en profundidad
Además, la reforma del HST incluirá el saneamiento de sus sistemas eléctricos y de refrigeración, así como la revisión o sustitución de los giróscopos que permiten la orientación del telescopio en el espacio, y la reparación de sus paneles solares, que suministran la energía necesaria para motores y giróscopos.
Tras este postrer paso de los astronautas por el Hubble, la vida útil del telescopio podría alcanzar hasta «bien entrada la próxima década, ya que de tratará casi de un nuevo HST», según los expertos del Centro Goddard. En realidad, esperan que supere la frontera de 2015, aunque es difícil hacer pronósticos. Cada vez con menos capacidad operativa, con menos altura en su órbita, al Hubble le quedan aún ocho o diez años de vida. Y todo por menos de 9.000 millones de dólares desde que nació este ingenio.
Su relevo ya está proyectado y en fase de construcción. Se trata del Telescopio Espacial James Webb, o JWST, que debe estar en órbita en 2013. Captará toda la gama de los infrarrojos a diferencia del Hubble, que trabaja principalmente en radiación ultravioleta.